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Grand St Emilionnais Golf, St Emilion (Francia)

13 de mayo de 2018 Deja un comentario

St. Emilion es un pueblo cercano a Burdeos que hasta ahora debía su fama a los vinos. Pronto será conocido, además, por este extraordinario campo de golf, obra de Tom Doak, uno de los diseñadores más reconocidos del mundo y que firma su primer campo en la Europa continental.

Para ser un campo joven (de menos de dos años), el campo carece de un tapiz de hierba tupido y denso. Y el día que jugamos había sido precedido por intensas lluvias, con lo que las calles estaban poco o nada jugables. El drenaje no funciona bien, al campo le falta arena y le sobra arcilla. Al campo le quedan años para estar a su nivel. (Esta es la salida del hoyo 6, par 4 espléndido)

De la familia Mourgue d’Algue, editores de la guía Rolex de campos de golf, el dueño del campo nos atendió amablemente tras la ronda. Nos explicó que, pensando en la sostenibilidad del campo, la hierba empleada (festuca) permite poca agua, aunque crece más despacio.

Pero incluso con estos problemas nos enfrentamos a un campo majestuoso, una gloriosa tarde de golf en un entorno único: una finca de más de 100 hectáreas (que ya es una joya) y que alberga un recorrido variado, divertido, precioso, con calles anchísimas, muy pocos bunkers (de aspecto natural) y unos greenes brutalmente movidos y divertidos. En la foto el green del 1.

A Tom Doak siempre se le califica de minimalista, y aquí lo demuestra: lo esencial del golf. Naturaleza y buen diseño. No hay bancos donde sentarse ni estatuas, no hay limpiabolas, no hay caminos de hormigón para buggies, no hay bunkers con formas extravagantes, zonas selváticas de rough ni greenes en isla. No hay promoción inmobiliaria ni adosados. Los greenes parecen naturales, ubicados en lugares insospechados, sin simetría alguna. Incluso los marcadores de los tees de salida son pequeños troncos (de viñas), así como las marcas de distancia. No se oyen coches, no se ven hoteles de lujo: todo es natural, simple. Golf, sin más.

Tom Doak es un estudioso del diseño de campos y experto en la obra del doctor Allistair Mckenzie, y muchos de sus ideas se ven reflejadas exactamente en este campo. Por ejemplo no hay apenas rough (Mckenzie solía decir que lo más detestable del golf es buscar bolas). O los greenes: enormes, con muchos contornos interesantes y zonas internas para dar muchas ubicaciones donde colocar la bandera. Muchos greenes no están exactamente en la línea de la calle, sino que reciben en ángulo. Esto hace que el jugador tenga que pensar desde qué lugar de la calle es mejor atacar al green con garantías. Un ejemplo, el green del hoyo 15, un grandioso par 5 con el green escondido.

Todos los hoyos diferentes. Cada uno de los pares 4 tiene algo especial. Los pares tres son sorprendentes; los pares cinco, sencillamente majestuosos. En especial un espectacular hoyo 15, un hoyo de esos hoyos de golf inolvidables que se disfruta en cada uno de sus más de 520 metros.

El hoyo 1 es un par 4 descendente desde la antigua casa club. La calle, anchísima, el green al fondo, aparentemente sencillo. Digo aparentemente porque el par es un buen resultado.

El hoyo 2 es un par 4 corto. Otra vez una calle anchísima y un green elevado en alto y con muchísimo movimiento El dueño del complejo (un tipo encantador que nos consultó sobre la experiencia de juego) nos explicó que estaba trabajando en mejorar la parte atrás del hoyo dos para que pudiera jugarse ahí. Un pequeño arroyo cruza el hoyo.

El hoyo 3 es un par tres también con salida en alto. El arroyo que lo cruza puede entrar en juego en función de la posición de la bandera y de la pericia del jugador.

Continúa el recorrido con un par 4 ascendente y largo. La calle está defendida por un bunker en su parte derecha. Un green desnudo y limpio, enorme y movido, espera. ¿No recuerda esto a Augusta?

El primero de los extraordinarios pares 5 continúa. Un dogleg hacia la derecha con un green muy elevado desde el cual se tienen unas vistas tremendas a muchos de los hoyos del recorrido.

Una salida en alto a una calle que desciende suavemente hacia la derecha. Desde el tee no se puede ver el green porque tenemos que superar una pequeña loma. Otro green extraordinario no espera.

Continuó el campo con otro par 4 mucho más corto en subida y en pequeño dogleg hacia la derecha. El fondo arbolado es espectacular.

El hoyo 8 es otro par 4 en U, con green en alto. Dos bunkers asimétricos nos previenen de la parte derecha.

El green en alto, amenazante y movido.

El nueve es un parte es muy serio de 180 m y con agua frontal. No hace falta colocar ningún bunker para proteger a este green. El green se protege solo con un perfil espeluznante. El estanque recoge todo el agua de la finca que servirá para regar el campo. Aquí no hay pozos ni acometidas de agua externa.

 

El hoyo más difícil de campo es un par tres en subida de más de 200 m, y a un green en diagonal que recibe con un bunker cavernoso en la parte izquierda.

El hoyo 13 es otro par 4 muy complicado. La salida parece ser recta, seguramente por un diseño anterior del campo.

Pero Tom Doak decide convertirlo en un dogleg hacia la derecha y esconder el green detrás de un arroyo.

Después del par 5 del hoyo 15, el campo continúa con otro par 5 mucho más sencillo, pero también precioso. Un dogleg continuo de izquierda a derecha que lleva a reposar al green.

El 18 es un par 4 muy largo y en subida con un gran bunker en el centro de la calle. Un green muy interesante en fuerte pendiente hacia la calle recibe al jugador. Un hoyo que tiene el inconveniente de ser el último de este gran campo de golf.

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El Robledal Golf (Madrid)

22 de abril de 2018 Deja un comentario

El club de golf El Robledal es un campo situado el término municipal de Villalbilla, a una hora de Madrid. Uno de esos recorridos que generan corrientes de amor / odio entre los golfistas: el campo el barato, es bonito y cuenta con muchos hoyos con salida en alto, aunque nada sencillos. Por ejemplo el hoyo 1 es un par 4 corto con el green rodeado de agua bastante bonito.

En algunos hoyos el paseo de green a tee es muy corto y en otros es de 10 minutos. Quizá sea porque este campo era originalmente de 9 hoyos (se llamaba Valdeaguila). Los 9 hoyos originales son los que hoy son del 8 al 16. Los segundos nueve hoyos son obra de Segalés Golf, el estudio de Francisco López-Segalés, autor de los segundos 9 hoyos de Ulzama. Ha trabajado mucho en Mallorca (Andratx, Santa Ponsa III, Pula Golf…) y ahora diseña en Marruecos. Suyos son los campos de Raimat (Lleida), Coto La Serena (Málaga), Guara (Huesca), Oropesa (Toledo)… No me atrevo a decir si son mejores o peores que los segundos 9. Este es el par 5 hoyo 14, con green en alto.

Creo que al campo le penaliza abusar de muchos tiros ciegos, y hay mucho dogleg traicionero que si no conoces el campo te cuesta algún golpe. Y en demasiadas salidas el azar influye demasiado, buenos tiros con malos botes pueden acabar en barrancos o incluso fuera de límites. Un ejemplo de salida semiciega es la salida en alto del hoy 10, donde se intuye una calle que luego es mucho más grande. A la derecha, el campo de prácticas, y a la izquierda una balsa de agua verde.

Otra salida en alto con mucho riesgo es la del hoyo 15, un par 4 con fuera de límites a ambos lados de la calle.

Y otra salida en alto con riesgo es la del hoyo 2. Hoyo muy bonito pero la calle tiene mucho movimiento por lo que es difícil mantener la bola en la calle.

El Robledal debe su nombre a un pequeño bosque de robles situado en mitad del recorrido. Uno llega al hoyo 6, se pone el el tee y no tiene ni idea de hacia donde tirar, salvo por un poste que indica la dirección de la calle. En la foto no se ve demasiado el poste, pero sí el tiro completamente ciego.

Otro hoyo tremendamente absurdo es el hoyo 11, un par tres plano y ciego, por una preciosa encina que tapa completamente el green. No se trata de cortar la encina, pero sí de ubicar el tee en un sitio donde te permita ver si haces un hoyo en uno. En la foto se ve uno de los bunkers del green a la derecha del mismo.

El hoyo 12, sin embargo, es una preciosidad, con un green en alto y protegido de forma admirable por un bosque.

Otros hoyos tienen el green en alto bien protegido por árboles. Por ejemplo el par 5 hoyo 18.

Incluyo otras fotos del campo. Aconsejaría a los que lo jueguen por primera vez consultar un buen strokesaver. El de Galaxia Golf, por ejemplo, aunque es importante entender dónde están los tees originales.

           

Vuelve Tiger. Por Nike Golf

6 de abril de 2018 Deja un comentario

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El futuro del golf: el sótano

28 de febrero de 2018 Deja un comentario

Leo en el WSJ un artículo escalofriante de Brian Costa sobre el futuro del golf: el golf indoor que se juega delante de una pantalla con un trackman y un simulador gráfico. En Corea del Sur ya es más popular que el golf de verdad. Ya comenté que en un viaje a Corea descubrí una afición brutal, con muchos jugadores que dan bolas de forma incansable y que nunca han pisado un campo de golf.

En estos últimos años los simuladores de golf han crecido como setas. Golfzon cuenta ya con más de 5.500 locales y planea una fuerte entrada en Estados Unidos. Un fenómeno al que acompañan torneos y competiciones, donde jugadores pueden competir desde locales diferentes.

En paralelo el mundo de los e-sports está creciendo exponencialmente, y ya hay equipos semiprofesionales, espacio en medios, muchas marcas patrocinando torneos y un canal propio en Movistar+ donde ver partidos del FIFA o a gente jugar a League of Legends o CounterStrike. Hay mucha gente que es incapaz de estar 5 horas en un campo de golf. Para ellos, estos simuladores pueden ser una solución.

Yo me quedo con mis campos.

Jon Rahm, el ascenso

25 de enero de 2018 Deja un comentario

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¿Nos tocarán las bolas?

20 de noviembre de 2017 1 comentario

Por fin los que mandan en el mundo del golf se han despertado, han saltado las alarmas ante el evidente declive del golf y van a afrontar el cambio más necesario en este deporte: bolas diferentes para distintos niveles de juego. Así lo asegura Brian Costa, en este artículo.

Ya lo avisaba el doctor Alister MacKenzie en 1934 en su libro The Spirit of St Andrews. Y lo recordaba de manera magistral Pablo Martín en este grandioso artículo “El suicidio del golf”. El problema es evidente: para albergar hoy un campo competitivo para los profesionales necesitas una cantidad enorme de terreno, lo que encarece los campos, tanto en construcción como mantenimiento. El juego se ralentiza. El golf como deporte se encarece. Y al final el golfista se quedan en casa. Hasta el propio Tiger Woods lo admitía hace algunas semanas en este podcast.

Cuando Tiger empezó en 1996, ningún jugador del PGA Tour hacía 300 yardas (274 metros) de media con el driver. Esta temporada han habido 43 jugadores con una media superior a estas 300 yardas. El US Open de 1896 se jugó en Shinnecok Hills, un campo cerca de Nueva York cuyo recorrido medía 4.044 metros. El Open vuelve a Shinnecok Hills en 2018, y el campo (no sé si se puede decir que es el mismo recorrido) tendrá  6.802 metros. Hoy cualquier campo del PGA Tour tiene que medir más de 6.600 metros. Si esto sigue así, ¿veremos campos de 7.000 metros?

Mike Davis, el Director Ejecutivo de la USGA, lanzó la idea en un simposio en marzo de 2017 de que hay que cambiar la bola “acorde con el nivel de juego”. Esto significaría bolas diferentes para los profesionales. Y en seguida se pusieron a trabajar con el Royal & Ancient para estudiar como bolas de menor distancia pueden afectar al golf. El R&A piensa que no es tan necesario. En los links, los campos se protegen bien con otras cosas que la distancia. Pero en breve veremos a alguien bajar de 60 en el Old Course. Y la realidad es que otros desportes han restringido los materiales sin mucho drama: el tenis, el beisball o el atletismo por ejemplo. Las jabalinas tuvieron que ser rediseñadas varias veces cuando los atletas se salían del campo. Y no pasa nada.

Hay mucha gente en contra de este cambio tan necesario. “No nos toquen las bolas”, dicen. De entrada, los rectores de Augusta, que van por libre, no quieren oir hablar de cambios, aunque Augusta sea ya irreconocible. Los fabricantes, los menos interesados en estos cambios, aunque el CEO de Bridgestone aboga por que todos jueguen la misma bola en torneos (naturalmente una suya). No entiendo porqué, todos los jugadores podrían jugar ProV1s si esto fuese diferencial. Otros sugieren limitar a los pros los palos que pueden emplear por vuelta, a los 6 -7 palos. Otros dicen que se cambia la bola para todos, amateurs y profesionales (cosa que a mi me parece evidente). Otras soluciones son todavía más ridículas: calles más estrechas, roughs más duros, más bunkers. Otros abogan por prohibir los drivers de titanio. Racismo metalúrgico: encontrarán otro material que conseguirá más distancias.

Para mi el cáncer del golf siempre ha sido el juego lento, las rondas de más de 4 horas y media. Es posible que bolas más cortas reduzcan el tiempo de búsqueda de bolas, o quizá el juego se ralentice. No lo tengo claro. Pero sí, para los pros, sin duda y por el bien de los campos hay que hacer algo para evitar distancias tan salvajes. Y si en lugar de pegar 220 metros pegamos 200, pues bienvenidos sean.

 

 

Erin Hills: el sueño de Bob Lang

15 de junio de 2017 Deja un comentario

Semana de US Open. Por primera vez el torneo más sádico del circuito se juega en Wisconsin, un estado interior rural, muy frío en invierno y con escaso pedigree golfístico. (No es el primer major: Whisting Straits ha acogido 3 torneos del PGA; es ese campo tan salvaje donde Dustin Johnson perdió un PGA ante Martin Kaymer en 2010.)

La historia más curiosa que he leído estos días es sobre un individuo llamado Bob Lang. Un empresario local dueño de una empresa de calendarios (relativamente pequeña, llego a facturar 65 millones al año) y con una cartera de propiedades inmobiliarias que se enamoró de una finca rural en Wisconsin y soñó con transformarla en un campo de golf sede del US Open.

Atraer el US Open no es tarea sencilla. Muchos millonarios han comprado y gestionado campos de golf sin conseguirlo, entre ellos un tal Donald Trump. Pero la USGA prefiere campos públicos clásicos con historia, tipo Pebble Beach o Pinehurst. Se requieren campos con capacidad para acoger una infraestructura fuerte: tiendas, hospitalidad…

Lang compró la mayor parte del terreno en 2001 por 2,7 millones de dólares. En 2004 le mostró el terreno a Mike Davis, director del US Open. Davis se maravilló con la finca y le transmitió su entusiasmo. Y Lang pidió un préstamo de 11 millones de dólares para comenzar las obras. En 2006 se abrió al público, con greenfees a 150 dólares. Se gastó 5 millones adicionales en comprar fincas adyacentes, para que nadie construyera en los límites y estropeara las vistas.

En 2008 la USGA le premió con el US Amateur. Lang decidió gastar 2 millones adicionales para construir nuevos bunkers.

Después de gastarse 26 millones de dólares en su campo, Lang se arruinó: tuvo que venderlo todo para pagar sus deudas, incluso el propio campo en 2009, a un tal Andy Ziegler, por 10 millones. Lang hoy vive de la Seguridad Social y de la generosidad de Ziegler, que le empleó como “consultor del campo”.

Los arquitectos de Erin Hills, por cierto, son Michael Hurdzan, Dana Fry y Ron Whitten. Hurdzan es el quinto arquitecto de la historia, con Jack Nicklaus, Arnold Palmer, Byron Nelson y Robert Trent Jones, Sr. en haber ganado el “gran slam” de los diseñadores de campos: el Donald Ross Award (otorgado por la Asociación Americana de Arquitectos de campos de golf), el Old Tom Morris Award (de la Asociación de Superintendentes Americana) y el Don A. Rossi Award (de los Constructores americanos). Dana Fry trabajó con Tom Fazio antes de establecerse por su cuenta, y ha trabajado mucho en Estados Unidos sobre todo. Ron Whitten ha sido editor de Golf Digest desde 1985.