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Conversación en el golf – Un texto de Ortega y Gasset

29 de octubre de 2013 Deja un comentario Go to comments

Leo en estos días a Ortega y Gasset, quizá nuestro más insigne pensador. En el cuarto libro del Espectador encuentro este texto exuberante, travieso, simpático y profundo sobre el golf. El subrrayado es mío. No aconsejable a alérgicos a la mitología clásica o delirios filosóficos. Para quien lo quiera disfrutar. 

CONVERSACIÓN EN EL GOLF O LA IDEA DEL DHARMA

En este mediodía radiante de febrero, unos amigos, damas y varones, me extraen de mis ocupaciones habituales y me llevan al golf. Se trata de almorzar allí, bajo el influjo solar, entre las encinas, frente a la bruma azulada de la sierra.

Preocupa a la afectuosidad de estos amigos la escasa higiene de mi vida. A ellos, que viven casi todo el día al aire libre, ocupados en maravillosos ritos musculares, les angustia la idea de que yo pase la jornada encerrado en una habitación, sumergido en la niebla mágica del cigarro y sin más comunicación con la campiña que la sutil y metafórica existente entre las hojas de los libros y las hojas de los árboles. Yo me dejo arrebatar con la deleitable inercia del cenobita que es sorprendido por un tropel transeúnte de ninfas y centauros. Siempre me ha complacido filtrarme un momento en otros universos, con tal de poder luego, por el mismo poro, reintegrarme a mi mundo natural. Y así, mientras el automóvil ejercita su muelle mecánica y las casas huyen vertiginosamente, como arrebatadas por un urgente destino contrario al nuestro, yo me preparo a acoger en mí, una vez más, esta sobria delicia que es un almuerzo en el golf. Ya me parece ver que surge del follaje, súbitamente, el fauno con jersey, tras del cual la ninfa bruna agita su melena al viento mientras ajusta su falda precisa. No lejos emerge el coboldo asalariado, arrastrando un vago carcaj, última manifestación del viejo símbolo erótico, donde las flechas venusinas han sido suplantadas por los palos de juego. El bosque vibra bajo las ráfagas serranas, y en los troncos de los pinos la resina se volatiliza, impregnando el paisaje.

No hay duda; éste es un lugar encantado, sito en una dimensión extrarreal, donde se conserva un extracto de todo lo mejor e imposible: un poco de Paraíso injerto en un poco de Olimpo. La aparición, en efecto, de la pareja de jugadores en un claro de la espesura guarda siempre una certera alusión a la imagen de Adán y Eva, antes del pecado, aunque ya próximos a él. Otras veces es sola Diana, que sega rápida el ángulo visual, persiguiendo no se sabe qué insustituible pieza. De ella nos queda en el recuerdo un tobillo elástico que empuja bajo sí la tierra y la hace girar del revés. Todo esto flota indeciso entre ensueño y realidad, sostenido sobre la existencia efectiva por mágicas fuerzas de inverosimilitud. Tenía razón el “attaché” a la Embajada inglesa que, apoyando indolentemente su impertinencia en toda la flota británica, dijo el otro día: “Ha sido realmente una buena idea construir a Madrid junto al golf“.

En el “verandah” del chalet está servida la mesa. Yo me encuentro sentado entre dos ninfas mayores y enfrente de un fauno, amable entre todos los faunos. Pronto advierto que pertenezco a una especie zoológica evidentemente distinta, menos grácil, menos afín con el paisaje, menos saludable. Estos seres son criaturas de la luz y del viento, casi exentas de gravitación, hechas para deslizarse sobre el planeta sin intervenir en sus faenas oscuras. El sol busca la menuda oreja de la ninfa a mi siniestra y la traspasa voluptuoso, dejándola transparente. El enorme disco triunfa prodigiosamente y derrama su lujo fantástico con tal seguridad y abundancia, que se advierte en él la convicción de su inagotabilidad. Bajo sus rayos, todo se transmuta en oro, especialmente la tortilla que acaban de servir, tan auténticamente orificada que, al comerla, el apetito se vuelve casi avaricia.

-¡Qué bonito es el sol! –dice una de las ninfas, con el delicioso gesto con que podría mostrar una joya familiar, legado de las más viejas herencias.

-Yo no comprendo cómo puede usted vivir sin tomar el sol- me dice la otra.

-Es que yo no vivo, señora –le respondo.

-¿Pues qué hace usted?

-Asisto a la vida de los demás.

-Pero eso es un martirio, ¿verdad amigo mío? –insinúa la ninfa más sensible, rubia, rubia como una cuerda de violín y, como ella, capaz de estremecimientos.

-No hay duda; el asistir a la vida de los demás es el martirio. Mártir quiere decir testigo. Yo atestiguo que usted existe, que es usted ahora, prisionera de los rayos solares, casi un mito perfecto; que el cuello de leopardo en que culmina su abrigo es auténtico, hasta el punto que siento no haber traído el arco y las flechas, ya que ganas de cazar a nadie le faltan, señora, por muy mártir que sea…

Testigo soy, un testigo de la gran maravilla que es el mundo y los seres en el mundo. ¡Y no es misión despreciable, ninfa amiga! Si no existe alguien que atestigüe la existencia de las demás cosas, ésta sería como nula. Vea usted: en este instante, las gentes que nos rodean, los comensales de estas mesas limítrofes, los jerseys que entran y salen, que se juntan y se disocian rápidamente es esta galería, bajo el sol, se hallan ocupados sin resto en vivir cada cual su vida. Nadie advierte que en el batiente de la sombra emanada de esta pilastra acaba de ingresar el gentil rostro de usted; la radiación en torno no permite distinguir bien sus facciones oscurecidas; hija del sol, como pueda serlo una inca pura sangre, acaba usted de naufragar y hundirse en el elemnto sombrío. Y como restos de la catástrofe, la fluida tiniebla arroja hasta nosotros sólo tres notas, que son una misma repetida: el blanco de las perlas que lleva usted en el cuello, el blanco de sus dientes y el blanco de sus ojos. Esta triple pulsación de candidez, subrayándose mutuamente, elabora en éste instante un ritmo purísimo, completamente superfluo; pero, sin duda, lo más valioso que en este rincón del planeta está ahora acaeciendo. Si yo fuese prisionero de mi propia vida, no lo habría notado. Pero he cumplido mi alta misión de testigo, y esta realidad, tan graciosa como fugaz, queda para siempre salvada. ¡Todos conservaremos un recuerdo inmortal de su naufragio en la sombra! Homero decía que loe héroes combaten y mueren no más que para dar motivo a que luego el poeta los cante. Parejamente, yo diría que usted existe, señora, gracias a que yo doy testimonio de su existencia. Por otra parte, este vino, donde se ha caído un pedazo de sol, es excelente.

-Veo que es usted un mártir agresivo y galante, con algunas condiciones para la elocuencia. Casi me arrepiento de haber sentido hace un minuto cierta tristeza pensando en su vida sin sol.

-Bromas a un lado, Alicia; yo confesaré a usted que hasta ayer no he sabido por qué renunciaba a buscar el sol. Desde ayer sé que lo hago para acostumbrarme a su desaparición.

-¿Cómo a su desaparición?

-Ayer me han hablado de un admirable trabajo que un físico inglés, el doctor Jeans, acaba de publicar, demostrando una nueva hipótesis sobre el origen de los sistemas solares. Según ella, es un error la idea de Laplace, que imagina cada sistema solar como una pacífica nebulosa, poco a poco solidificada, de que se desprenden los planetas. Jeans cree que todo  sistema solar nace del choque gigantesco entre dos enormes cuerpos siderales. Resultado de la colisión, arranca uno de otro cierto filamento o vírgula incandescente que se pone a girar sola en el espacio. Esta vírgula se segmenta luego, y sus trozos son el sol y los planetas. Ahora bien, esos choques entre estrellas se producen inexorablemente cada dos billones de años. Nos falta, pues, mucho para que vuelva a efectuarse el choque contra nuestro sistema solar, y el golf de Madrid desaparezca. Entonces todo será tiniebla, y yo, precavido, me habitúo a ello con alguna anticipación.

-Pero ¿Cuánto falta para ese choque? –pregunta alguien.

-Exactamente un billón cien mil años…

Entre tanta han llegado a nosotros jugadores de ambos sexos. Todos se tutean, según el privilegio olímpico. Hablan de los partidos de la tarde que van a comenzar. Se advierte que en esta latitud, en este universo mágico que es el golf, la operación de empujar con un palo una pelota adquiere un rango supremo, y basta para dar sentido a la existencia.

Entonces fue cuando el fauno benévolo que se hallaba frontero, lleno de simpatía hacia mí, me hizo la esencial proposición:

-Usted debía hacerse socio del club y jugar todos los días un partido.

-No, amigo mío; yo no puedo ser socio de este club ni jugar al golf. Semejante desliz me acarrearía castigos milenarios.

-Eso implica una grave acusación contra nosotros –repuso el fauno ejemplar.

-En modo alguno. Si usted no jugase al golf incurriría en el mismo pecado que si yo jugase. Ambos habríamos sido indóciles a nuestro “dharma”.

-¿Bien por el “dharma”! –dijo la ninfa agudísima, apoyando luego el rubí de sus labios en el gran rubí del vaso donde el sol se diluía en borgoña. Detrás de ese “dharma” sospecho toda una teoría. ¡Venga al punto, ahora mejor que después! Con los entremeses llegaron las anécdotas, con la “entrée” se aventuró usted a galantearme, ahora se presenta el asado, lo fundamental; venga, pues, la teoría. ¡No me negarán ustedes que la comida es perfecta!

-Tanto como una teoría no es, Alicia incalculable; se trata no más que de una sospecha y un modo de sentir que tiene treinta siglos de existencia. En ella está resumida la vetustísima sabiduría de todo el continente asiático, su experiencia gigante del mundo y de la vida.

-¿Ha dicho usted Asia? –interrumpió la ninfa audaz. Yo me perezco por Asia entera; mi entusiasmo es continental. En Biarritz suelo leer a Confucio, y mi corazón vacila siempre entre Buda y Gengis-Khan.

-Prescindamos un momento de su corazón, Alicia, objeto tan maravilloso nos llevaría demasiado lejos, arrastrados por su genial oscilación. Con la idea del “dharma” yo quería tan sólo insinuar que es un error considerar la moral como un sistema de prohibiciones y deberes genéricos, el mismo para todos los individuos. Eso es una abstracción. Son muy pocas, si hay algunas, las acciones que están absolutamente mal o absolutamente bien. La vida es tan rica en situaciones diferentes, que no cabe encerrarla dentro de un único perfil moral. En la “Paradoja del comediante” sugiere paradójicamente Diderot que la moral consiste, más bien, en una serie de inmoralidades profesionales. El obispo vende sus bulas y hace muy bien. El comerciante engaña al parroquiano, y hace también perfectamente. La inmoralidad comenzaría cuando el comerciante vendiese bulas y el obispo se corriese en el peso. Esta broma de Diderot oculta bajo su exceso una gran verdad. Noten ustedes que a cada profesión le parecen inmorales los usos de la vecina. Al intelectual, por ejemplo, le parece inmoral el político, porque sus palabras son inexactas, insinceras y contradictorias. El intelectual tiene su misión enunciativa, verbal: cuando ha escrito o pronunciado palabras que expresan algo con precisión, con gracia y con lógica, ha hecho cuanto tenía que hacer; la realización no le interesa. En cambio, el político aspira únicamente a realizar sus pensamientos, no a decirlos. Es, pues, su obligación no decir lo que piensa, no dar a lviento su intimidad; su mandamiento no es lírico. La mentira, dentro, al menos, de ciertos largos límites, es para él un deber. La misma discrepancia existe entre las clases sociales. Para una mujer de la pequeña burguesía, son ustedes, las damas elegantes, una representación del demonio. La “petite bourgeoise” cree que la mujer ha venido al mundo para estarse en casa y no fumar. Tiene una moral hecha casi por entero de prohibiciones, y su gran virtud, consiste principalmente, en lo que no hace. Y así ha acontecido siempre. Entre las tumbas de la vieja Roma republicana se conservan muchas donde, bajo un nombre femenino, están escritos estos vocablos de alabanza: “Domiseda, lanifica”: <<Ha vivido sentada en su casa y ha hilado>>.

-¡No me sabía tan escasamente romana! –interrumpió la ninfa del naufragio. Porque, en efecto, reducir a eso la vida es para mí el colmo de la inmoralidad.

-¡Claro está! La misión cósmica de usted es rigorosamente contraria. Siente usted dentro de sí, con idéntica religiosidad, un mandamiento de inquietud, de ensayo y creación. Tampoco yo puedo tener simpatía por la norma vital del burgués, que piensa obrar bien cuando se limita a cuidar su pequeño negocio, conservar la paz de su espíritu, regir toda ampliación de sus ideas, repetir hoy lo de ayer en torno a la camilla y

Voir autour de soi croître dans la maison / sus les paisibles lois d’une agréable mère / de petits citoyens don ton croît éter père

-Ahora si que francamente inmoraliza usted, amigo mío.

-No; yo no pretendo que el burgués abandone su moral; sólo pediría que me deje a mí la mía. Esta coexistencia de mandamientos diversísimos es la que expresa el hinduismo con el dharma. Dentro de la religión hindú caben todas las creencias, todas las doctrinas; el hinduismo no es dogmático. Sólo hay una cosa cuya aceptación exige:  el cumplimiento de los deberes rituales. Cada casta tiene un repertorio de acciones permitidas y obligadas, un “dharma”, a que es forzoso ajustarse, porque constituye la ley última del universo. Cada individuo puede llegar a la perfección dentro de su “dharma”, y no puede llegar a ella por ningún otro camino. El brahmán tiene su moral de meditación y ascetismo, como el ksatriya o guerrero tiene la suya de fiereza y combate. Los dioses mismos están sometidos a un rigoroso régimen, tienen que portarse como dioses. Lo ilícito es cometer la transgresión de un “dharma” y pasarse al ajeno, como no sea por vía de sacrificio. El acto indebido acarrea inexorablemente la reencarnación en una especie inferior. No se diga que no es ésta una moral religiosa. Desde el comienzo de los tiempos, como realidad última del universo, como lo único que da a éste consistencia indestructible, se hallan prescritos los deberes rituales de cada tipo humano. El dios Brama enseñó la gigantesca lista de normas vitales a los demás dioses, y la expuso en cien mil capítulos, según se nos refiere en el <<Mahabharata>>. En vez de instaurar un solo perfil de corrección moral, anulando la riqueza del cosmos, el hindú respeta y acepta la maravillosa pluralidad del mundo, y en principio, como indica Weber, admite una moral para el ladrón y la prostituta. En cambio, no permite el menor desliz dentro de cada estatuto moral. Uno de los hombres más santos, el rey Vipashcit, fue condenado a graves castigos infernales porque se olvidó de dormir con una de sus mujeres cierta noche en que se hubiera logrado concepción. No hay escape posible. El viejo poema lo dice bellamente: <<Como entre mil vacas el ternero encuentra a su madre, así el pecado cometido una vez persigue eternamente a su autor>>. Pues bien, amigo mío: el dharma de usted es jugar al golf, como el mio es un dharma de escritura y conversación. Cuando le veo a usted en su aspecto saludable y juvenil, vestido sin falla, cimbrear el palo de golf, me parece usted un ser perfecto, que honra y decora el Universo. Pero si yo me viera con el mismo atuendo y en idéntica postura, me parecería a mí mismo una objeción contra el buen orden del cosmos.

-Es usted un doctrinario –exclamó entonces el fauno que acababa de recibir mis alabanzas.

-Yo creía ser todo lo contrario. ¿No significa la idea del dharma un sublime empirismo de la moral? Lo que yo sostengo es que no hay acto alguno indiferente, y lo que es bueno en un hombre es malo en otro. Tal vez fuera mejor contrarrestar el patetismo contemporáneo en que sueleembotarse toda discusión sobre ética por la más elegante tibieza con que los antiguos en lugar de <<lo moral>> -palabra tremenda- solían decir <<lo decente>>, “quod decet”, lo que va bien, lo correcto. Pues bien: yo creo que no sólo cada oficio, sino cada individuo, tiene su decencia intransferible y personal, su repertorio ideal de acciones y gestos debidos.

Pero fue inútil… Mis amigos habían desaparecido. ¿Mis palabras habían disuelto el grupo afectuoso? No tanto. La razón de su fuga era otra. El golf es inexorable, como la mecánica celeste, y a cierta hora los partidos se forman con ejemplar puntualidad. Ni la amistad ni el entusiasmo bastan para retener a los jugadores. La galería se había quedado solitaria. Únicamente Alicia, con su corazón de máximas oscilaciones, seguía a mi lado.

-¡Ah, ninfa sublime! Lo que ahora hace usted es más sublime que todo. En vez de irse a jugar prefiere usted mi compañía; es decir, sacrifica usted su dharma deportivo a mi dharma de conversación.

-Si, ¿sabe usted? Ayer, al bajar del automóvil, me hice daño en un tobillo y no puedo andar por el campo.

-¡Ah, vamos!

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